XIV
La estrecha relación entre los niños se acrecentó con el tiempo, hasta el punto de convertirse en inseparables. La adolescencia inestable y caprichosa les separaría, pero la vida con sus vaivenes les uniría años más tarde de manera definitiva esta vez.
Y mientras los niños seguían jugando con la arena del parque, Pilar se sentaba en el mismo banco cada tarde, observándolos de reojo al principio, o leyendo un libro en solitario a medida que crecían.
El padre de Tito no dejó de acudir las tardes de los jueves y, mientras los niños inmersos en sus juegos disfrutaban, entre los padres fue fluyendo la palabra. Los días en que el tiempo no acompañaba acababan en la chocolatería, o delante de una hamburguesa para festín de los niños y espanto de Pilar. Y poco a poco, las tardes de los jueves se convirtieron en una tradición.
Él era de comportamiento más lineal, en cambio Pilar, sufría unos altibajos que desde el principio llamaron la atención del hombre. Unos días se mostraba afable y parlanchina, en cambio otros silente y distante. El hombre la observaba, preguntándose a qué se deberían cambios tan bruscos. Hasta dónde él sabía, la relación con su marido, muy a pesar de los despropósitos del hombre seguía un ritmo normal. Dudaba que conociera sus andanzas, ya que en asuntos de esta índole y afortunadamente en este caso, la esposa es la última en enterarse. Otra cosa era, que su intuición la llevara a conjeturar, hecho más que probable en una mujer como ella. Mientras la evidencia no ponga ante ella una realidad sin duda hiriente, todo irá bien- se decía el hombre-. Y ese era unos de los motivos por el que seguía acudiendo cada jueves, hecho cuyo acierto comenzaba a cuestionarse. Todo había sucedido de forma inocente y casual. Los niños estaban encantados con meriendas inesperadas que rompían la rutina, ella parecía disfrutar viendo a los niños, y a él que sabía más quizás de lo debido, le gustaba verla sonreír abiertamente. Nunca vio nada malo en un hecho tan simple, y a la vista de todo el mundo por otra parte.
El verano rompió la rutina de horarios, colegios, idas al parque, y meriendas. Pilara agradecía un horario flexible que le permitía campar a sus anchas, pasar largas tarde con Alejandro en la playa, o llevárselo de excursión a los lugares que de niña solía frecuentar. Le gustaba el verano por la luz y la alegría que aportaba, por el trasiego de niños en las calles, la afluencia de extraños con sus cámaras de fotos, las terrazas de los bares siempre llenas, el olor a bronceador que flotaba en el ambiente, y la moda colorista y desenfadada tan afín a su personalidad.
Se podía permitir renovar el vestuario a su antojo, detalle al que dedicaba cada miércoles, día en que las abuelas disfrutaban de nieto. Los miércoles se convirtieron en días especiales y hasta necesarios para Pilar. Eran días sin horarios ni obligaciones, sin tener que pensar en otra cosa que no fuera ella misma y sus apetencias. Había adquirido la sana costumbre de pasar el día fuera, con Alejandro durmiendo con las abuelas y Javier de viaje, permitirse regresar a cualquier hora era ya usual.
Siempre iba a la misma ciudad, comía y cenaba el los mismo sitios, disfrutaba caminando por las mismas calles, en las que sólo era un transeúnte más. Sólo en las tiendas que visitaba asiduamente era un rostro conocido, una mujer con nombre, alguien con quien cruzar unas palabras más allá del mero saludo al que la cortesía obliga.
Siempre iba a la misma ciudad, comía y cenaba el los mismo sitios, disfrutaba caminando por las mismas calles, en las que sólo era un transeúnte más. Sólo en las tiendas que visitaba asiduamente era un rostro conocido, una mujer con nombre, alguien con quien cruzar unas palabras más allá del mero saludo al que la cortesía obliga.
Con un café delante esperaba a que le trajeran la cuenta mientras el tibio sol acariciaba sus mejillas. Una voz masculina y grave rompió el equilibrio del momento.
-Las mujeres como tú no deberían tomar café solas –dijo mientras se sentaba a su lado-
-Son hombres como tú los que nos empujan a ello.
-¡Touché!- respondió riendo-
-¿Dónde te has dejado el traje y la corbata?
-Sobre aquel montón de arena…tres pasos hacia la derecha, cinco hacia la izquierda, y dos y medio en dirección a tu sonrisa. ¿Lo ves ya?
-¿Has comido bromas al ajillo, o chistes en salsa de almendra?
-No he comido pero pienso cenar en un buen restaurante.
- ¿Y has venido hasta aquí sólo para eso?
-No, he venido a comprarle un regalo a Tito.
-Procura que sea de su talla, que la última vez te luciste.
-¿Qué tal si me ayudas a elegirlo y en agradecimiento te invito a cenar?
-He de hacer algunas cosas todavía, no creo que…
-Date prisa o lamentarás no haber cenado en compañía.
2 comentarios:
Tyrma, esto se está poniendo cada vez más interesante! Tu forma de narrar me ha atrapado por completo en la historia.
Un abrazo y hasta la próxima entrega!
Siempre acudes puntual a revisar si hay algo nuevo.
Sí, amiga, la ingtriga está servida.
Te deso una buena semana.
Besos.
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