29.2.12

XXII

Pilar abrió la puerta sabiendo por la hora, que era el vecino. Le llamó la atención la expresión de su rostro, parecía preocupado, y aunque los niños no estaban le invitó a pasar.
-¿Le ha sucedido algo al niño?-preguntó ya en el salón-
-No, está perfectamente.
-¿Una copa, o un café?
-Nada, gracias.
-Yo tomaré un café, ¿me acompañas o tienes prisa?
-Sólo me quedaré unos minutos, en realidad pasaba únicamente para saludarte.
-Mira, estaba revisando estos libros…
-Es mi mujer-dijo interrumpiéndola-
-La he visto hace un rato, y la verdad, estaba como una rosa.
-Ese niño no debería existir, debí pensarlo antes…
-¿Qué demonios estás diciendo? Ese niño es tu hijo.
-Acabo de hablar con su médico y ha sido muy claro. El bebé tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir, pero si el embarazo se alarga el futuro para ella no es muy esperanzador. Tampoco es seguro que nazca sin anomalías, ya que supera los 35 años y su salud ha sufrido un considerable deterioro en los últimos meses.
Su última analítica indica una leucopenia, un considerable déficit plaquetario, una diabetes gestacional y unos niveles de colesterol muy por encima de la media. Existe además una hipertensión preocupante que puede derivar en serios problemas cardiovasculares, o incluso provocar una preeclampsia en el peor de los casos
-¿Me sigues?
-No del todo
-La posibilidad de un aborto es elevada y peligroso para la madre.
-Entiendo.
-Me siento impotente.
-Es natural, del todo lógico ante una situación compleja, en la que la buena voluntad lamentablemente no basta.
No lo sabe, y no me encuentro con fuerzas para decírselo; está empeñada en seguir adelante, ilusionada pensando en un futuro que no podrán compartir.
-Por mucho que lo desees no está en tu mano cambiar el futuro. Deja de culparte por algo que no podías saber.
-¿Cómo se lo digo?
-Tal vez ya lo sepa. Cuando ya has parido, esos pequeños detalles no pasan desapercibidos, no sé si por fortuna, pero tenemos un sentido muy agudizado en la preñez, sabemos antes que nadie cómo van las cosas. La naturaleza es sabia, confía en ella.
-Si algo sucediera…
-Si en algo puedo ayudaros, yo…
-Ya me has ayudado escuchándome y ni siquiera te he dado las gracias.
-Ve con ellos y procura descansar, ya hablaremos en otro momento…pienso seguir aquí por muchos años-dijo sonriendo mientras le acompañaba a la puerta-

Pobrecillos, debe ser terrible tener que afrontar un hecho de tal envergadura en soledad, enfrentarse a una posible pérdida sabiendo que no puedes flaquear, que tu sonrisa es imprescindible para sostener a otros. Sólo por la ilusión del niño ante la inesperada llegada de un hermano, merecen que todo salga bien. Por no pensar en ella, claro, que de enterarse estaría todo el día afligida, sin dejar de pensar en lo que el futuro le depara, y en la posibilidad de no volver a ver a su hijo. Sin duda lo peor que a una madre le puede suceder, la pena más negra y el dolor más grande que puede soportar.
Mañana subo a verla con una escusa cualquiera-se dijo ya en la cocina-

28.2.12


XXI
Alejandro volvió a casa a los dos días; su padre maleta en mano volvió a la rutina del ir y venir; Pilar se volcó más que nunca en su hijo; el niño del segundo reanudó sus visitas a la casa; la mujer de arriba conjugando nauseas y antojos desdibujaba día a día su figura; mientras su marido, adoptó la costumbre de pasar por casa ajena para recoger a su hijo, o preguntar por Alejandro, detalle que la dueña de la casa dejó de ver con malos ojos. Y así, gracias a Alejandro, se instauró entre ellos la relación normal entre vecinos, enterrando la descortesía y los silencios infundados del pasado.

La primera cena, cortesía de Javier, acabo siendo una comida para seis. Aprendieron de sus hijos que compartir mantel y charla resultaba agradable para los adultos, y hacía enormemente felices a los niños. Al principio las cenas fueron esporádicas, pero no tardaron en reservar al menos dos sábados de cada mes para cenar juntos. Algo que por otra parte y por razones muy distintas beneficiaba a los cuatro. La mujer del segundo fue saliendo del caparazón, mostrándose paulatinamente menos introvertida, hecho que sin duda le favoreció. El marido disfrutaba al verla manifestarse sin reservas, o incluso reír a boca llena, algo a lo que no estaba acostumbrado; en ocasiones le daba la impresión de que el cambio se había producido lentamente, sin que él hubiera llegado a advertirlo. A Pilar, cansada de pasarse los días encerrada entre cuatro paredes y sola, le resultaba gratificante relacionarse con gente de su edad, hablar de algo más que la gripe de los niños, además de servirle de argumento para retener a su marido. Javier, de carácter extrovertido mordió fácilmente el anzuelo; cenar con un hombre de su edad al que conocía de toda la vida le llevaba a rememorar una juventud ya lejana, y aunque en ocasiones acaparaba la conversación convirtiéndola en monótona para ellas, en líneas generales las cenas con los vecinos eran agradables.

El vecino, fiel a su promesa, quiso dar la fiesta que había prometido a Alejandro, con la aprobación de la madre, que lógicamente marcó la fecha. Fue una comida sencilla en un restaurante de la sierra, de ésos poco concurridos, con un menú muy de la tierra, comida casera y unas vistas espectaculares. Después de comer llamó a los niños, y sacando una bolsa del coche les mando sentar.
-¿Cuánto hace que no les regaláis nada a vuestras madres, chicos?
-Pero si no tenemos dinero…
-Pero tienes un regalo para darle, Alejandro. Y tú otro, hijo.
Las mujeres agradecieron el gesto, abrieron los regalos y se miraron un tanto sorprendidas al ver el juego de gorro, guantes y bufanda de lana. Eran exactamente iguales, algo que ninguna de las dos había utilizado antes.
-Parece que queda algo dentro de la bolsa-dijo el hombre dándoles el regalo a los niños-
-¡Unas botas de fútbol!-gritaban los niños sorprendidos-
-Papá, no hay nada más ¿dónde está vuestro regalo?
-Mi regalo es tu sonrisa, hijo, y si encontrará unos billetes de más en la cartera ya sería un día redondo-dijo con la cartera en la mano- ¿Pero qué es esto?-siguió diciendo-
-¿Has encontrado muchos billetes, papi?
-No son exactamente billetes, pero algo raro hay, sí. Venid, niños, que me he dejado las gafas en el coche y no sé de qué se trata.
-¡Son entradas para el fútbol!- gritaron a dúo-
-Tendréis que quitaros las botas, y vuestras madres estrenar los gorros y las bufandas si no quieren pasar frío.

27.2.12


XX

Tapearon en una tasca que solían frecuentar. Algo más animada mantenía un monólogo en espiral “Padres/Hijos/Amigos”, tres temas diferentes con un denominador común: afecto incondicional.
El leve ronroneo de la mujer se había convertido en música de fondo, proporcionándole el ambiente idóneo para mirar hacia dentro, desmenuzar sentimientos, y enfrentarse a los fantasmas que todos llevamos dentro. La quería y la respetaba, pero consciente de que el amor es un sentimiento mucho más amplio, una fuerza superior que te induce a amar sin cuestionar, te lleva aunque no quieras por caminos pedregosos, te arrastra entre zarzales, y te mira de reojo mientras lames las heridas. Estaba convencido de que ni la voluntad más férrea podía doblegarlo, convirtiéndose en ocasiones en la peor de las condenas para quién lo sufre, y el mayor de los gozos para ésos pocos elegidos que lo disfrutan. Últimamente la desidia se había instalado en su vida, tal vez a causa de la edad o el cansancio frente a la rutina. Oscuros pensamientos, sentimientos lejanos y marchitos amenazaban con resurgir de las cenizas. Las noches eran una auténtica pesadilla, en las que un cuerpo desposeído de voluntad, se debatía entre caminos infinitos, intentado no pisar la sutil línea que separa locura y sensatez. La luz se llevaba los fantasmas y los miedos, dejándole un extraño cansancio que no acertaba a comprender. Y es que sin saberlo, durmiendo vivía y despierto dormía.
Ella era una mujer callada, sencilla, en ocasiones apocada pero una buena madre. A su lado no había tenido grandes problemas ni grandes satisfacciones, una convivencia tranquila y un tanto lineal, que les había permitido vivir cómodamente en cuestiones afectivas. La mujer tenía razón al temer la llegada inesperada de ese hijo; había mentido para tranquilizarla, tampoco él estaba entusiasmado con la idea, pero no iba a renegar de su propia sangre. Se dejaría llevar una vez más, esperando que la propia vida marcara la pauta, aunque a sus cuarenta y tantos lo de volver a los biberones le viniera bastante cuesta arriba. Quiso pensar que era el cansancio acumulado lo que le llevaba a elucubrar, una noche sin dormir y un día altamente sorpresivo pasaban factura, a modo de majaderías en su caso.

De camino a casa se encontraron con Javier, la mujer le preguntó por su hijo. Escucharon atentos las buenas noticias y ella excusándose en la hora, se marchó. Los hombres siguieron la charla de camino a casa. Javier, haciendo uso de una humildad hasta entonces encubierta, se disculpó con el vecino, y abriendo la puerta de su casa le invitó a pasar.
El vecino de arriba escuchaba las reiteradas disculpas de Javier, sus amables palabras, el propio licor que tenía delante, y el hecho estar allí después de más de una década de cruzarse casi a diario, daba a un hecho cotidiano un matiz ligeramente rocambolesco. Empezaba a sentirse incómodo, desubicado, fuera de lugar incluso, cuando se dio cuenta de que Javier esperaba repuesta a una pregunta que él, ni siquiera había escuchado.
-Disculpa, pero estaba ensimismado mirando el cuadro que está junto a la ventana-dijo muy serio-
-No me extraña que te pierdas en el encanto de una pintura de su talla.
-Llevo mirándolo un rato y no acabo de reconocer al pintor.
-Es un “Torres”, poco frecuentes, ya que los coleccionistas han acaparado casi toda su obra. Lo compré para Maite, la imponente rubia con la que estuve a punto de casarme ¿la recuerdas?
-No, por entonces yo vivía en Londres.
-Volviendo a lo de antes. Te estaba diciendo que es una lástima que en todos estoy años y siendo los niños tan amigos, no hayamos cenado nunca juntos.
-Sí.
-¿Qué tal si bajáis una noche?
-Dejemos que decidan las mujeres. Me quedaría encantado, Javier, pero he dejado unas cosas pendientes, y hoy quisiera llegar pronto a casa.
-Vuelve cuando quieras.
-Dale un beso a Alejandro de nuestra parte.
Se marchó un tanto perplejo, hacía años que se conocían, pero el hombre de hoy le parecía muy distinto al Javier que recordaba. Hacía tan solo unas horas se había comportado como un cabestro, y ahora era un lechado de virtudes, se preguntó si se habría precipitado al juzgarle dejándose llevar por la prolífera rumorología.

25.2.12


XIX

Intentaba aclarar la maraña de papeles que cubrían casi por completo su mesa, cuando sonó el teléfono, era Pilar, y ávido de noticias contestó de inmediato, pero la mujer no le dio tiempo ni a decir una simple frase. Se notaba la emoción en su voz, alterada hablaba a una velocidad inusual en ella.
-Alejandro está bien-dijo nerviosa-, después del susto que me ha dado, sólo se le ocurre preguntar por una fiesta sorpresa, no para de repetir que no quiere perderse la fiesta, y lo peor de todo es que no sé a que se refiere.
-¿Qué han dicho los médicos?
-Poca cosa, que no tiene mayor importancia y que como mucho en un para de días estamos en casa, con la condición de que esté tranquilo al menos una semana.
-¿Te importa si hablo un segundo con él?
-¡Vaya pregunta!-dijo pasándole el móvil al niño.
-¿Hacemos un trato de hombre a hombre, campeón?
-Sí
-Tú haces todo lo que te digan, y el primer día que puedas salir, preparo una fiesta espectacular sólo para hombres. Ni una palabra de esto ¿vale?
-Sí, pero…
-Ella es cosa tuya, pero te advierto que las mujeres suelen chafarnos las fiestas, campeón.
-¡Vale!-dijo dando por terminada la conversación-
El hombre se recostó en el sillón complacido. Pensó en la complejidad de la mente, en los distintos niveles de la conciencia, en el grado de percepción de cada uno. Le resultaba curioso que un niño inconsciente hubiera percibido el mensaje, se preguntaba si por sencillo, o simplemente por la importancia que para él tenían las fiestas sorpresa. Lo único importante es que Alejandro se recuperará en unos días-se dijo-.
No pensaba decirle nada a la madre, pero estaba seguro de que les acompañaría por muy de hombres que ellos la bautizaran. La mujer sabía que su ausencia equivalía a estropearle la tarde al niño, algo que ella nunca toleraría, y mucho menos es una situación tan especial. No sería una simple fiesta, estaba dispuesto a convertirla en especial, algo que los niños recordaran con cariño.
Dejó los papeles y salió de la oficina. Condujo un rato hasta llegar al centro comercial que frecuentaba Pilar. Entro en la tienda de deportes, eligió unas botas de fútbol que pudieran gustar a los niños, pidió dos pares iguales de números y colores distintos, las pagó y salió de la tienda. Compró un pequeño detalle para Pilar, por si en el último momento decidía unirse a ellos. Salió pensativo preguntándose si esta vez acertaría, con los niños el éxito estaba asegurado, pero las mujeres eran harina de otro costal. Si todas ellas eran una caja de sorpresas, tenía la impresión de que Pilar era como la chistera de un mago…por más que la mires es imposible adivinar que oculta en su interior.

Llegó a casa hambriento y desfallecido… otra mujer, en este caso la suya, aguardaba su llegada con una sorpresa mayúscula. Sentada e el sofá, con la greña revuelta y cara de pocos amigos, se mecía entre suspiros y sollozos. Veinte minutos insistiendo, intentando adivinar el motivo de tal desconsuelo. Cuando por fin una voz entrecortada dijo “¿Qué haré yo con otro niño?”, el hombre no pudo retener la carcajada, y ella al oírlo le miró con cara de pocos amigos.
-¿Te parece bien quererlo?-dijo abrazándola-
-Han pasado diez años, soy demasiado mayor, regalé todas las cosas del niño, y es lo último que esperaba.
-Tienes la madurez precisa para la maternidad, las cosas se compran de nuevo, y como noticia me parece estupenda. Anda, lávate la cara, y vamos a celebrarlo.
-¡Para celebraciones estoy yo!
-Quédate entonces, pero yo pienso celebrar el regalo que la vida nos ofrece. Voy a cambiarme y si a la vuelta no estás lista, entenderé que no quieres venir, y me marcharé solo.


24.2.12

XVIII

Pasaron la noche en el hospital, Pilar en un sofá de cuero verde negándose a cerrar los ojos, y el hombre sentado en una silla, observando al niño, y aguardando a que la madre cerrara los ojos al menos unos minutos. Su rostro era el vivo reflejo de la amargura y él no podía hacer nada, sólo estar allí, al otro lado de la habitación, sumido en un silencio profundo y espeso.
-No he podido localizar a Javier-dijo de pronto-
-No pienses en eso ahora e intenta descansar un poco. Alejandro te necesitará, pero fuerte y sonriente.-Tengo que decírselo.
-Yo tengo su número, si quieres me ocupo de llamarle.
-Te lo agradecería, sí.
-No te preocupes, verás como en unas horas le tienes aquí. Ahora descansa un poco.-Tu mujer te estará esperando.
-No pienso dejarte sola esta noche.
-Yo…
-Una cabezadita te haría mucho bien, hazlo por tu hijo.
¡Maldito sea!-se dijo el hombre-. ¿En qué andará metido para no cogerle el teléfono a su mujer? ¡Necio irresponsable!, cualquier hombre estaría orgulloso de tener una esposa y un hijo así, y el muy tarambana se pasa los días picando de flor en flor, desatendiendo lo más preciado que un hombre pueda tener. Su hijo en el hospital y él a saber dónde, celebrando sabe Dios qué, merece que la vida le arrebate lo que no ha sabido cuidar. No, si ya lo dice el refrán, ¡no se hizo la miel para la boca del asno! Había sentido cierto aprecio por Javier, pero últimamente, a la vista de los acontecimientos el mero hecho de pensar en él le ponía frenético. Sus motivos tendría para comportarse de forma tan extravagante, o tal vez fuera la añoranza de la inestable y prolongada soltería, lo que le llevaba nuevamente al desenfreno. Hay hombres que no están hechos para la estabilidad del matrimonio, pero entonces ¿por qué demonios se había casado?, carecía de lógica formar una familia que no estaba dispuesto a respetar. Lo cierto y verdad era que seguía siendo un inmaduro, un niño grande, caprichoso, y egocéntrico, a quien no importaba pisar lo que tenía delante para salirse con la suya. Hubiera comprendido que por caprichos de la vida se hubiera enamorado locamente de otra mujer, le hubiera parecido en parte justificable, ya que el corazón, díscolo por naturaleza, no siempre escucha a la razón. No era el caso de Javier para desgracia de los tres.

Pilar dormía y el niño seguía en el mismo estado que la noche anterior. Se asomo a la ventana, estaba amaneciendo, deseó con todas sus fuerzas que la luz del nuevo día trajera la esperanza.
Necesitaba un café y despertar al irresponsable de Javier, que seguramente dormiría plácidamente.
-Diga- respondió medio ausente-
-Soy yo, Javier. Tienes que venir de inmediato, tu hijo está en el hospital.
-¿Por qué no me llama mi mujer?
-Después de llamarte cuatro veces, el susto de ver a su hijo inconsciente y haberse pasado la noche llorando, bien merece descansar unos minutos ¿no crees?
-¿Dónde estás?
-Donde deberías estar tú.
-Dile que me llame enseguida.
-¿Ni siquiera vas a preguntar por tu único hijo?
-Dile que me llame.
-Díselo tú, yo no pienso despertarla.
El hombre volvió con dos cafés en la mano y algo sólido para Pilar.
-Ya he hablado con Javier- dijo el hombre-
-¿Qué te ha dicho?
-Al parecer se había quedado sin batería y estaba esperando a que fuese un poco más tarde para llamarte.
-¿Cuándo ha dicho que llamará?
-No lo ha dicho, pero sí que saldría en una hora.
-¿Cómo puedo agradecértelo?
-¿Acabándote el desayuno?
-¡Vale!
-Tengo que marcharme, Pilar, he de pasar por casa, darme una ducha, informar a mi mujer…Tus padres no tardarán en llegar.
-¡Gracias!
-Una última cosa ¿me llamas si hay novedades?
-Te llamaré aunque no las haya.
El hombre se acercó a la cama, acarició la carita de Alejandro, y acercándose le dijo “despierta campeón, que te he comprado unas botas de fútbol espectaculares" Ya en el pasillo se despidió de Pilar con un gesto y desapareció a toda prisa.

XVII

Mientras los niños jugaban, ella preparaba la cena, habían pasado ya dos años desde aquella primera que tanto la irritó. No fue capaz en su momento de negarse, y el hecho de cenar juntos los viernes se había convertido en costumbre para ellos. Al igual que las visitas del vecino en busca de su hijo.
Alejandro llevaba varios días con febrículas, y aunque no era la primera vez el hecho de que no remitieran, la tenía ligeramente preocupada. Pilar quería complacerles, pero esta vez sería a su manera. A las siete los niños estaban sentados frente a una suculenta hamburguesa. Pilar las detestaba, pero era la única forma de hacerles cenar pronto y disolver la reunión.
A las nueve Alejandro estaba ya dormido, y ella mirando el móvil cada cinco minutos, esperando la llamada de Javier. Cuatro intentos sin respuesta la habían hecho desistir, y empezó a preguntarse si no le habría pasado algo. Pensando en los dos hombres de su casa se quedo dormida en el sofá. A las dos de la madrugada el volumen del televisor la despertó.
Cogió un vaso de agua y se dirigió a la habitación del niño, como todas las noches para darle el último beso. Encendió la luz de la habitación, el vaso resbaló de sus manos haciéndose añicos, y sintió una presión en el pecho al ver a su hijo. Se quedó sin habla y luego…
Los gritos desgarradores de la mujer despertaron a los vecinos, ella bajó de inmediato, mientras él, intuyendo que algo grave había sucedido se vistió, y cogiendo las llaves del coche bajó a toda prisa. El hombre apartó a la mujer que sentada en la cama lloraba sin consuelo.
-Vístete que nos vamos al hospital-le dijo tajante-
Sobre la cama un niño inconsciente, un cuerpo laxo, un pulso muy por debajo de lo normal, y unos ojos desencajados. Le envolvió con la manta, y cogiéndolo en brazos lo dejó tendido en el asiento trasero del coche. Arrancó el vehículo, y con Pilar sentada a su lado desapareció en un suspiro. Afortunadamente el hospital estaba relativamente cerca, y a esas horas era hasta posible que no les hicieran esperar demasiado. Durante el trayecto sólo interrumpió el llanto para decirle dos frases.
-Tengo mucho miedo-decía entre sollozos-
-No me dejes sola, no me dejes sola-repetía sin cesar-
Ya en la puerta de urgencias ayudó a Pilar a salir del coche, mientras dos celadores se hacían cargo de Alejandro.
-Dense prisa que apenas tiene pulso-dijo compungido-
-Lo lamento pero sólo puede pasar uno de ustedes.
Pilar entró con su hijo mientras él se fumaba un cigarro en la puerta. Llamó a su mujer para decirle que se acostara y que la llamaría en cuanto supiera algo. Se acercó a la maquina expendedora, sacó unas monedas del bolsillo, pulsó la tecla que decía “tila”, y entró nuevamente.
-Es hipertensa y está demasiado alterada, ¿haría el favor de darle esto?-dijo mostrando el vasito de plástico-
-¿Es usted el padre?
-Sí-respondió tajante-
-Pase entonces. Primer pasillo a la derecha, box 4.

21.2.12

XVI

Alejandro se estaba convirtiendo en un niño encantador, pero como buen hijo único, y puesto que su padre no estaba nunca para regañarle, y si estaba no lo hacía por comodidad, Pilar se veía obligada a reprimir sus impulsos, corregir sus errores, y moldear determinados aspectos de su carácter. Un carácter bastante definido que adornaba con su natural zalamería, había propiciado una estrecha relación entre ellos, basada en la mutua confianza a pesar de sus siete años. Aunque las conversaciones eran la tónica del día a día, a veces bastaba una miraba para saber que pensaba el otro, detalle que Alejandro, sabedor de que su madre pocas cosas era capaz de negarle, aprovechaba para salirse con la suya.
Pilar había claudicado nuevamente para satisfacer los inocentes caprichos de su hijo, y ahora, tenía a dos niños hambrientos sentados en la mesa de la cocina, el televisor con más volumen del que podía soportar, y el salón hecho una pena. En el fondo y aunque no lo reconociera abiertamente no le molestaba tanto, prefería pasarse un buen rato recogiendo y guardando juguetes, que escuchar la voz de su hijo en el piso de arriba mientras ella estaba sola. No era lo que había planeado, pero ahora sabía que la vida era una sucesión de hechos la mayoría imprevisibles, en los que la voluntad no solía ser factor determinante. Tampoco había planeado pasar tantas tardes sola, ni largas noches sin Javier sintiendo la frialdad de un lecho vacío, y la necesidad de un hombre que calmara su sed. Por eso ya no planificaba el futuro, se limitaba a ser feliz en presente, y dejar que un futuro imprevisible e incierto marcara la pauta, sin hacerse preguntas cuyas respuestas no estaban a su alcance. Con el tiempo se había convertido en una mujer segura y consecuente. Sin demasiados miedos no creía en la casualidad, pero sí en que la vida podía ponerte ante situaciones insospechadas o incluso dantescas que requerían una decisión inmediata, provocando que el presente diera un giro inesperado y drástico.
Se tomó un analgésico para paliar el terrible dolor de cabeza, apagó el televisor, puso un CD de música clásica, se tumbó en el sofá, se tapó con la mantita color hueso, y cerró los ojos.
El timbre no tardó en interrumpir su merecido descanso .Le extrañó que fuera Alejandro, no había oído su risa alborotada, ni el escandaloso estruendo que inconscientemente, acompaña a todo niño de seis años al bajar la escalera. Se levantó con evidente desgana, abrió la puerta, y allí estaba él. Con su camisa de cuadros y una sonrisa en el rostro, que le pareció cualquier cosa menos grata. De la puerta no pasa- se dijo para sí.
-Tienes mala cara- dijo el hombre-
-Supongo que no has venido a decirme lo desmejorada que estoy- le cortó tajante-
-¿Está mi hijo?
-No.
-¿Están arriba los dos?
-Por el escándalo parece que esté la clase entera.
-¿De verdad te encuentras bien?
-Estupendamente.
-Bien, no te molesto más.
La mujer cerró de un portazo evidenciando la incomodidad que había supuesto su inesperada aparición. ¡Este hombre es tonto!- se dijo-. Se oye el escándalo desde la calle, ¿cómo se le ocurre venir a preguntar por su hijo para acabar diciéndome que tengo mala cara? Lo mismo piensa que no tengo espejos, no los utilizo, estoy ciega, o no me preocupa mi aspecto. Aunque teniendo una mujer que viste de trapillo, es más fea que un pecado, y no se arregla ni para salir a cenar con los amigos, no es de extrañar que sin maquillar como voy haya notado la diferencia.
Se acurrucó bajo la mantita color hueso, necesitaba descansar, pero no quería dormirse, ya que tenía la cena en el horno y Alejandro estaba a punto de llegar. Se despertó una hora después, miró el reloj y se levantó sobresaltada. Eran casi las nueve y Alejandro no había bajado, o tal vez sí y ella no había oído sonar el timbre. Se apresuró a coger el teléfono y marcó el número de los vecinos.
-¿Si?- respondió la mujer-
-Es un poco tarde, mándame al niño por favor.
-Verás, es que les acabo de servir la cena.
-¿La cena?
-Te lo hubiera preguntado pero mi marido me ha dicho que tenías fiebre, y les hacía tanta ilusión…
-Alejandro es de mal comer y no quisiera que te diera la lata.
-No te preocupes, en cuanto acabe le hago bajar.
-¡Gracias!
¡Es el colmo!, ¿cómo se permite decir que tengo fiebre, y luego decide qué hacer con mi hijo? Este hombre se toma unas libertades que no le corresponden, y desde luego, no estoy dispuesta a permitir.


                                                    

20.2.12

 
XV
El lugar era acogedor, muebles clásicos, tapicerías elegantes, mesas redondas con velas en el centro, vajilla inglesa, mantel de hilo blanco, una legión de camareros engominados y sonrientes…todo ello encerrado en una burbuja de cristal. Al otro lado, la mar se afanaba golpeando las rocas sin piedad ni descanso, mientras la espuma, se elevaba mostrando orgullosa el poderío de la juventud.
Delicias del mar distribuidas en pequeños platos, la incertidumbre de una situación inusual, y en la mano una copa de “Dom Pérignon”. Apenas si cruzaron unas frases, un silencio espeso y dubitativo les separaba, un mar de dudas más grande incluso que las majestuosas olas que se alzaban a sus pies. Cada uno intentando adivinar el porqué del profundo silencio del otro, queriendo encontrar la manera de interrumpirlo, sin atreverse por no saber cómo, deseando que el otro lo rompiera, sabiendo que una frase tonta bastaría para iniciar una mínima conversación. El licor cumplió su función soltando las lenguas, y fue el hombre alzando la copa quién dio el primer paso.
-Por el chocolate y las tardes de los jueves.
-Por la inocencia de los niños y la infinita paciencia de los padres-añadió la mujer-.
-¿Por qué has aceptado mi invitación, Pilar?
-Dijiste que lamentaría no cenar en compañía, y supuse que no habrían hamburguesas.
-No intentes zafarte.
-¿Acaso no te parece una razón de peso?
-¿No imaginas por qué te invité a cenar?
-Por mera cortesía y el hecho de no cenar solo, supongo.
-Hace tiempo que quiero hablar contigo y no encuentro el momento.
-No me digas que una simple taza de chocolate te coarta.
-El chocolate no, los niños sí.
-Aprovecha su ausencia y suéltalo.
-Hace tiempo que te observo, unos días pareces feliz, en cambio otros te noto tensa, incomoda por mi presencia. ¿He dicho algo que haya podido molestarte?
-No es tu presencia ni tus palabras, son las meriendas en sí, y el hecho de haberse convertido en una costumbre.
-No hay nada de malo en procurarles un poco de diversión.
-No si merendaran ellos solos, si viviéramos en un pueblo algo más civilizado.
-Son demasiado pequeños para ir solos, ¿pretendes castigarlos por no vivir en una ciudad?
-Pretendo salvarles, que no tengan que escuchar chismes maliciosos sobre la inadecuada conducta de sus padres.
-¿Inadecuado llevarles al parque y dejar que merienden juntos?
-¿En qué mundo vives? ¿Crees que los chismosos se paran a pensar las barbaridades que dicen? ¿Crees que verían a dos padres merendando con sus hijos únicamente?
-Estás exagerando, intentas desvirtuar un hecho inocente.
-No, sólo intento proteger a mi hijo de barbaridades maliciosas, que aprovechando su inocencia consigan que se avergüence de su madre por algo que no ha hecho.
-¿De veras lo crees?
-Firmemente, y me extraña que no seamos ya la comidilla de todos.

17.2.12

Alfileres rotos nuevamente

XIV

La estrecha relación entre los niños se acrecentó con el tiempo, hasta el punto de convertirse en inseparables. La adolescencia inestable y caprichosa les separaría, pero la vida con sus vaivenes les uniría años más tarde de manera definitiva esta vez.
Y mientras los niños seguían jugando con la arena del parque, Pilar se sentaba en el mismo banco cada tarde, observándolos de reojo al principio, o leyendo un libro en solitario a medida que crecían.
El padre de Tito no dejó de acudir las tardes de los jueves y, mientras los niños inmersos en sus juegos disfrutaban, entre los padres fue fluyendo la palabra. Los días en que el tiempo no acompañaba acababan en la chocolatería, o delante de una hamburguesa para festín de los niños y espanto de Pilar. Y poco a poco, las tardes de los jueves se convirtieron en una tradición.
Él era de comportamiento más lineal, en cambio Pilar, sufría unos altibajos que desde el principio llamaron la atención del hombre. Unos días se mostraba afable y parlanchina, en cambio otros silente y distante. El hombre la observaba, preguntándose a qué se deberían cambios tan bruscos. Hasta dónde él sabía, la relación con su marido, muy a pesar de los despropósitos del hombre seguía un ritmo normal. Dudaba que conociera sus andanzas, ya que en asuntos de esta índole y afortunadamente en este caso, la esposa es la última en enterarse. Otra cosa era, que su intuición la llevara a conjeturar, hecho más que probable en una mujer como ella. Mientras la evidencia no ponga ante ella una realidad sin duda hiriente, todo irá bien- se decía el hombre-. Y ese era unos de los motivos por el que seguía acudiendo cada jueves, hecho cuyo acierto comenzaba a cuestionarse. Todo había sucedido de forma inocente y casual. Los niños estaban encantados con meriendas inesperadas que rompían la rutina, ella parecía disfrutar viendo a los niños, y a él que sabía más quizás de lo debido, le gustaba verla sonreír abiertamente. Nunca vio nada malo en un hecho tan simple, y a la vista de todo el mundo por otra parte.
El verano rompió la rutina de horarios, colegios, idas al parque, y meriendas. Pilara agradecía un horario flexible que le permitía campar a sus anchas, pasar largas tarde con Alejandro en la playa, o llevárselo de excursión a los lugares que de niña solía frecuentar. Le gustaba el verano por la luz y la alegría que aportaba, por el trasiego de niños en las calles, la afluencia de extraños con sus cámaras de fotos, las terrazas de los bares siempre llenas, el olor a bronceador que flotaba en el ambiente, y la moda colorista y desenfadada tan afín a su personalidad.
Se podía permitir renovar el vestuario a su antojo, detalle al que dedicaba cada miércoles, día en que las abuelas disfrutaban de nieto. Los miércoles se convirtieron en días especiales y hasta necesarios para Pilar. Eran días sin horarios ni obligaciones, sin tener que pensar en otra cosa que no fuera ella misma y sus apetencias. Había adquirido la sana costumbre de pasar el día fuera, con Alejandro durmiendo con las abuelas y Javier de viaje, permitirse regresar a cualquier hora era ya usual.
Siempre iba a la misma ciudad, comía y cenaba el los mismo sitios, disfrutaba caminando por las mismas calles, en las que sólo era un transeúnte más. Sólo en las tiendas que visitaba asiduamente era un rostro conocido, una mujer con nombre, alguien con quien cruzar unas palabras más allá del mero saludo al que la cortesía obliga.
Con un café delante esperaba a que le trajeran la cuenta mientras el tibio sol acariciaba sus mejillas. Una voz masculina y grave rompió el equilibrio del momento.
-Las mujeres como tú no deberían tomar café solas –dijo mientras se sentaba a su lado-
-Son hombres como tú los que nos empujan a ello.
-¡Touché!- respondió riendo-
-¿Dónde te has dejado el traje y la corbata?
-Sobre aquel montón de arena…tres pasos hacia la derecha, cinco hacia la izquierda, y dos y medio en dirección a tu sonrisa. ¿Lo ves ya?
-¿Has comido bromas al ajillo, o chistes en salsa de almendra?
-No he comido pero pienso cenar en un buen restaurante.
- ¿Y has venido hasta aquí sólo para eso?
-No, he venido a comprarle un regalo a Tito.
-Procura que sea de su talla, que la última vez te luciste.
-¿Qué tal si me ayudas a elegirlo y  en agradecimiento te invito a cenar?
-He de hacer algunas cosas todavía, no creo que…
-Date prisa o lamentarás no haber cenado en compañía.

14.2.12

Cántico al Amor

San violentín.com
 

Todo hubiera seguido igual de no haberla conocido, pero ahora, cuando el corazón navega entre dos aguas, cuando me embarga la zozobra, el deseo inclina la balanza y la voluntad, a intermitencias, me muestra dos caminos a seguir. La razón no me asiste en esta hora de requiebro y desazón. Mil razones me invitan a quedarme, y otras tantas me empujan a partir.
Al pasado me ancla la desidia, la nostalgia del lascivo labio en noches peregrinas, los acordes de una guitarra, la blanca espuma rompiendo en su cintura, el primer beso, la primera rosa, la primera espina… La esperanza me arrastra hacía el futuro, sus caderas despiertan mis instintos y el deseo me llama a voz en grito, la calidez que encierran sus palabras, la ternura que adivino en su mirada, esa risa cantarina que aleja los fantasmas... En presente, el fulgor en los ojos de mis hijos me reclama; los partidos de fútbol de Pablito, las tardes de domingo en la bolera…La zalamería de la pequeña Daniela, su destreza para hacerse perdonar, la forma en que me dice: Papi, “agreglame” la muñeca…Natalia y sus constantes pases de modelos, sus salidas a deshora y llegadas a destiempo, el donaire heredado de su madre…

Maldita tela de araña que te atrapa, espejismo que confunde, voces silenciosas de rostros encubiertos, dualidad en la palabra…Navegando sin rumbo ni destino, varado en plena tempestad, ansío pisar tierra nuevamente…Volver a mi vida y olvidar, olvidar o recordar, pero volver.

13.2.12

Aparquemos los alfileres por hoy

Ayer, algo me recordó esas cartas que todos escribimos en alguna ocasión. Portadoras de buenas o malas noticias es lo de menos. A caballo entre el soliloquio y una declaración en regla, son una forma como otra cualquiera de mirar hacia dentro, escudriñar en lo recóndito, reconocer para finalmente expresar. Unas encierran la calidez de un sentimiento noble, o la acídula palabra que se clava en lo más hondo del ser y abre heridas ya cicatrizadas, la frase cantarina que acaricia el alma, o la más absoluta indiferencia que esconde el sentimiento polvoriento y anquilosado. Lo importante no es el decir si no el cómo, la carga emotiva que conlleva la palabra libera y despierta sentimientos, ya que hasta la indiferencia desde su neutralidad, lo sigue siendo. Y ha sido buscando una imagen para mi próxima entrada, que he caído en la cuenta, de que tal vez hace ya demasiado que no me desprendo de telarañas emocionales, me recreo con un soliloquio, o escribo una carta.




Bella imagen que me acerca a ti en esta hora de reflexiva calma.
Si no supiera que ha sido mera casualidad, pensaría que está hecha para nosotros.
Mírala y recréate…Libro, rosa, luz, y de fondo a modo de caricia, la madrugada.
Sería chocante que la respuesta, hubiera quedado dormida en el libro de la vida ¿no crees?
Quédate con la rosa que traje para ti y la incesante danza de la madrugada.
Y permite que sea yo, quien se lleve la luz de tu mirada.

¡GRACIAS!

               

10.2.12


XIII

Sentada en un banco observaba a su hijo, a escasos metros de ella hacía montoncitos con la arena del parque. A sus cuatro años, los rasgos de una personalidad aún sin definir afloraban en pequeñas manifestaciones, que a grandes rasgos dejaban entrever al muchacho que crecía en su interior. Mostraba una sociabilidad selectiva, jugaba con muchos niños, pero hasta el momento sólo tenía un amigo del que hablaba constantemente. Por eso iban todas las tardes al mismo parque, para que Alejandro pudiera jugar con Tito, su amigo del alma. Tito tenía un año más que Alejandro, pero a los dos les gustaban los mismos juegos, Pilar hubiera preferido que su hijo hubiera escogido a otro compañero de juegos, pero verle feliz era su máxima aspiración.
Cuatro años habían bastado para que el niño desde su inocencia, consiguiera vencer los miedos iniciales de Pilar. Ahora se reía abiertamente de los miedos que un día la asaltaron, Alejandro era el mejor regalo que la vida le ofrecería nunca, ya no concebía la vida sin él, porque él era su vida.
Pilar no advirtió que alguien se había sentado al otro extremo del banco, hasta que el humo de un cigarro le indicó que no estaba sola. No se molestó en mirar quien se había sentado en su banco. No le gustaba tener compañía, se veía obligada a responder a un saludo que le era indiferente, después venían las típicas preguntas, o las frases hechas y vacías que desembocaban en un coloquio insustancial, en el que participaba por mera cortesía.
A su lado un hombre alto y delgado la observaba desde el silencio, no queriendo interrumpir su estado de meditación, esperanto el momento idóneo para entablar una mínima conversación.
-¿Pilar? -dijo finalmente-
Pilar se giró con fingida desgana, como si no hubiera reconocido de inmediato la voz del hombre, que al igual que otras tardes haría cualquier cosa para entablar una conversación. No esperaba que vinera, pero se había sentado en el banco de siempre. La presencia del hombre lejos de contrariarla le resultaba grata, algo que no estaba dispuesta a admitir, ni mucho menos dejar que recién llegado lo advirtiera.
-¡Vaya!, llevo aquí unos minutos y no me había dado cuenta... –mintió el hombre-
-¿Qué haces aquí?
-He salido un poco antes para recoger al niño.
-Creí que le había traído Asun.-Y le ha traído, pero hoy es jueves y se marcha antes.
-¿Qué tal estás?
-Aburrida y muerta de frío, pero Alejandro no se cansa de jugar.
-Un chocolate te vendría de perlas para entrar en calor.
- Sí, me vendría requetebién.
-¡Vamos entonces!
-No puedo dejar solo a mi hijo.
-Pero podemos ir los cuatro, seguro que a ellos le encanta la idea.
-No sé yo…
El hombre haciendo caso omiso del intento de negativa de Pilar, se acercó a los niños. Pilar ante los saltos de los críos se sintió perdida, seguro que Alejandro aceptaba encantado la proposición del hombre. ¿Por qué he tenido que mencionar lo helada que estoy?- se dijo la mujer-. Ahora tendré que aceptar el chocolate o Alejandro cogerá una de sus rabietas.

Mientras los niños merendaban, los padres apenas si habían cruzado unas frases. Pilar sabía que lo primero que Alejandro le contaría a su padre era la merienda con su amigo, y lo bien que lo habían pasado. La reacción de Javier ante un hecho inusual le preocupaba, algo que por otra parte no revestía importancia, a fin de cuentas, sólo había hecho lo único que estaba en sus manos dadas las circunstancias. Dar gusto a los niños y no despreciar la invitación del hombre, no le parecía un acto reprochable.
Pilar miraba a los niños y la atención del hombre se centraba en ella. La innata espontaneidad de la joven y su risa fresca y desenfadada, aumentaban su natural belleza. Qué no hubiera dado por conocer sus pensamientos, pero viéndola tan pendiente de los niños, intentando que se acabaran la merienda, era fácil adivinar la inocencia que albergaban. Era una buena mujer y merecía ser feliz, una joven madre a la que un simple chocolate en compañía de su hijo había cambiado el semblante.
Pensó en lo afortunado que debía sentirse el marido al tener a su lado a una mujer como ella. Pero las malas lenguas, siempre ociosas, decían que andaba pululando de acá para allá, fingiendo viajes de trabajo para ocultar sus escarceos. Ningún hombre en sus cabales hubiera puesto en peligro la estabilidad de su familia sólo porque sí, pero Javier siempre había seguido un camino torcido y pedregoso. Desde su matrimonio parecía haber cambiado, se veía un hombre feliz, tenía una mujer que tal vez no merecía, un hijo precioso, y era incapaz de no salir corriendo detrás de la primera falda  que se cruzaba en su camino. El propósito de enmienda, al parecer, no casaba con su carácter.
Por el bien de los tres deseó que sólo fueran comentarios infundados, chismes de  alcahuetas que ociosas, tejían historias para colgar en piel ajena.

8.2.12

                                                                            XII

Alejandro había llenado sus vidas; a pesar de ser un niño inquieto, lloraba en contadas ocasiones, tampoco se oía ya el llanto incesante del niño del segundo, detalle que Pilar agradecía. Todo había cambiado desde el nacimiento de su hijo, pero no en la forma que había imaginado. Templados los nervios, había recuperado el buen humor, sonreía al recordar aquella época de miedos infundados, recelos, y la duda imparable que convirtió la espera en un tiempo marchito. Se miró al espejo complacida, mientras guardaba la diminuta minifalda y la camiseta ceñida que se acababa de quitar. Desde el dormitorio se oía la risa de Alejandro. A hurtadillas les observó desde el pasillo, allí estaban, tirados sobre la alfombra, Alejandro queriendo ganarle la partida al padre, y Javier complaciente dejándose ganar.

-Cuidado con la mesa, Javier –dijo en tono afable-.
-Si le pones nervioso no habrá quién le duerma-siguió Pilar-
-Ven a jugar con nosotros María del Pilar.
-Alejandro tiene que cenar, se bueno y pon la mesa, Javi.
-Echémosle una mano a mami, tú te encargas del pan y yo del resto.
Javier disfrutaba observándoles, María del Pilar, tendida en el sofá dormitaba a intermitencias, mientras Alejandro, acurrucado sobre ella dormía plácidamente. Vencidas las dudas que la juventud implica, se había convertido en una excelente madre. Dedicaba todo el tiempo al pequeño Alejandro, y no parecía echar de menos las salidas nocturnas tan frecuentes en sus amigas, que le contaban con pelos y señales cada vez que la visitaban. Por ser la única casada se reunían casi siempre en la casa, cambiando de escenario las pocas tardes de viernes que Javier no trabajaba. Esas tardes era él quien llevaba al niño al parque, a casa de las abuelas, o disfrutaba de Alejandro sin que las manecillas del reloj marcaran la pauta.
Y mientras los chicos se divertían juntos, ella escuchaba las interminables historias de sus amigas. Sabía del morenazo estupendo que llevaba de calle a Carmina; de un pelirrojo bajito que bebía los vientos por Maribel, mientras ella suspiraba por el vecino; del joven abogado que retiraba la mirada cada vez que se cruzaba con Paquita; o la inquietud de Lola a causa de un forastero que andaba enamoriscando a su madre.
Pilar agradecía la compañía de las muchachas aunque en ocasiones, lo insustancial de su charla establecía una clara línea divisoria entre ellas…entonces pensaba en su hijo y en el amor. Y era en ocasiones puntuales como esta, cuando se percataba de lo mucho que el matrimonio y la maternidad habían cambiado su forma de ver la vida. Sus dos amores eran su única prioridad, el motor que la impulsaba a seguir creciendo, el único motivo de lucha, un rayo de luz al que inconscientemente se asía con todas sus fuerzas.


5.2.12


XI


Era sábado, y allí estaba ella, tendida y cansada, dolorida y quejumbrosa, maldiciendo interiormente a Javier y la noche en que estrenaron la casa. Por su culpa, por su culpa estaba allí, gorda, pesada y horripilante; semidesnuda, dejándose ver por unos y otros, que a decir verdad se le antojaban demasiados entrando y saliendo sin miramiento alguno, tocando y preguntado, y ella sin poder hacer nada que no fuera dirigirles una mirada asesina. No, por nada del mundo volvería a pasar por esto, se pusiera como se pusiera Javier, igual le daban sus zalamerías, sus regalos, o esa carita de niño desprotegido que ponía cuando quería salirse con la suya. ¡No!, de ninguna de las maneras lo toleraría, de hecho en cuanto llegara a casa pensaba mudarse a otro dormitorio, vaya si se arreglaría otro para ella solita, para bromas con una tenía más que suficiente. Si en esto consistía parir, no entendía como habían tantos niños en el mundo, ¡mucho les tenía que gustar a algunas…! Sólo de ver la cara de satisfacción de Javier le entraban ganas de estrangularlo, allí sentado con una sonrisa estúpida, disfrutando sin duda con tan espeluznante situación. ¡Te odio!–había dicho-, y al muy desgraciado sólo se le había ocurrido sonreír, ¡qué cara tan dura!, sólo a un desalmado como él se le ocurría sonreír en semejante situación. ¡Saquen a este hombre de aquí! ¡No quiero volverlo a ver en mi vida, llévenselo, llévenselo!- gritaba Pilar fuera de sí- Javier comprendió que su presencia la alteraba, y dándole un beso en la frente salió de la habitación.¡Pobre criatura! Rabiando de dolor como estaba, hasta lógicas le parecían todas las barbaridades que profería, si hubiera podido evitárselo…Estaba a punto de llamar a su suegra, cuando oyó nuevamente los gritos de María del Pilar: ¡Javi, no me dejes sola! ¡Javi que me muero!...Javier no tuvo tiempo de entrar en la habitación para consolarla, un revuelo de batas blancas entrando y saliendo se lo impidieron, de pronto la cama de María del Pilar salió a toda prisa, alguien la empujaba pasillo abajo, en un santiamén se oyeron al unísono los gritos de la madre y el llanto de “SU HIJO”.
-Javi, yo…-dijo mientras abrazaba al bebé-
-Si no descasas un rato, ¿cómo voy a presumir de chica ante las visitas?
-¿Es guapo, verdad?-
-Digno hijo de su madre.

3.2.12


X

Pilar estaba siempre irascible, el hecho de mirarse al espejo le crispaba los nervios, por no hablar de la pesadez de su cuerpo, y la horripilante figura que a modo de burla le devolvía el espejo. A ojos de Javier, la distorsionada figura de la muchacha acrecentaba su natural belleza, pero María del Pilar fruncía el ceño cada vez que Javier se manifestaba, y para no contrariarla, dejó de decirle lo mucho que el embarazo le favorecía. Lo que para él era algo maravilloso, para ella no pasaba de ser un incómodo tránsito que rozaba lo irreverente, el único camino que le acercaba a ese hijo que en su vientre, se movía nervioso sin cesar.
En el fondo estaba aterrada, al pensar en la incertidumbre de un acontecimiento desconocido que presentía cercano; que en el piso de arriba hubiera un niño que se pasaba los días y las noches llorando, no ayudaba lo más mínimo a restablecer su natural buen humor.
En su interior, un cúmulo de sentimientos encontrados; deseaba al hijo que esperaba, tanto, como temía su llegada. Pensar en el hijo la llevaba a pensar en su madre, a recordar una infancia repleta de buenos recuerdos, le producían auténtico pavor las hipótesis que entre blancos, grises, y negros, urdía su mente.
Se veía paseando orgullosa al pequeño, pero no podía dejar de pensar en las renuncias que su presencia causaría. Pasarse los días dando biberones, cambiando pañales…trastocaría su vida, estropearía notablemente su figura, y se le antojaba hasta posible, el hecho de convertirse en un ser orondo y amorfo. Su matrimonio estaba muy reciente y ella era demasiado joven, para quedarse en casa contando los minutos y los días, mientras sus amigas entraban y salían a su antojo.
Y para colmo, Javier…ya le veía apoltronado en el sofá, haciendo carantoñas a un ser que ni siquiera le entendía, mientras ella preparaba la cena con babuchas de cuadros y una enorme bata tobillera. Las lágrimas brotaban espontáneas tan sólo imaginándolo, para desembocar en un llanto descontrolado, al imaginarse a Javier con el hijo en los brazos, mirándola de reojo, y preguntándose dónde estaba la esbelta  mujer que le había enamorado. No se veía sin minifaldas, tacones, vaqueros ceñidos, esas camisetas ajustadas, las blusas entalladas en las que siempre se abrochaba un botón de menos, o los vestidos de escote generoso resaltando unos pechos firmes y sin ataduras que tanto gustaban a Javier. ¿En qué nube se estaba meciendo aquella noche?, ¿qué extraño motivo la había llevado a ceder ante los caprichos de Javier?, ¿valía la pena un cambio tan drástico a cambio de unos minutos de placer?, ¿dejaría Javier de quererla si se convertía en una mole?
Y mientras el niño de arriba seguía llorando, el ánimo volátil de la muchacha se convirtió en una condena para Javier, que sufría en silencio sus cambios de humor, y los frecuentes rechazos siempre justificados, hasta que la vida, haciéndole un guiño, decidió abrir la puerta a la esperanza.

2.2.12





IX

El día de Nochebuena la familia se volvió a reunir en torno a la mesa. La madre había preparado con esmero una velada que resultó sorpresiva para todos. Frente a Pilar, como siempre, José Federico, a su lado una esposa fuera de cuentas a la que la espera se le hacía interminable. Un varón –le habían dicho-, indeciso como ella afirmaba el padre, al ver que no se decidía a dar la cara. Las abuelas, siempre comprensivas, le quitaban importancia para contrarrestar la impaciencia del futuro padre, y la contrariedad oculta de Angustias.
Pilar observaba a la futura madre, mientras José Federico, observaba en silencio a Pilar. Aún recordaba la última vez que compartieron mesa y lo desagradable del comportamiento de la muchacha, pero esta noche se mostraba más afable. Parecía haber crecido en tan solo unos meses, su mirada reflejaba felicidad, se veía más mujer…bellísima por cierto. Deseó que su aparente madurez les permitiera tener una velada sin sobresaltos.
De repente se levantó de la silla y alzando la copa propuso un brindis “por el futuro y el hijo que traerá” –dijo mirando a su madre-. Se inició el turno de abrazos y felicitaciones, y José Federico, sonrío mientras sus copas se unían. Una noticia maravillosa –le dijo al joven padre- nuestros hijos posiblemente nazcan en años distintos, pero seguro que encuentran en el otro un amigo.
Y así sucedió, el último día del año, apurando los minutos, asomó a la vida el pequeño, dejando muy claro que la tranquilidad sería una de las características de su personalidad. Y el hecho en sí hizo que el joven matrimonio dejara de lado los diversos nombres que durante meses habían barajado, decantándose por Silvestre.